Donde hay dolor hay un lugar sagrado

Donde hay dolor hay un lugar sagrado, escribía Oscar Wilde en su carta De profundis a su amante desde la cárcel. Por primera vez en mucho tiempo la esencia de Almodóvar se cohíbe y deja paso a la fluidez de una esperadísima autoficción. Sin perder el pulso del humor, el drama de Dolor y gloria se ubica en la parte más freudiana de su creador y la extiende y la contrae para lograr extraer de ella la infancia, el primer paso hacia la homosexualidad, la esperanza contrariada de un artista cuyo dolor trasciende lo físico y lo sumerge en la debilidad más palpitante e irresistible. El dolor de poeta, el sufrimiento nihilista, el mismo del que hablaba Wilde, se cierne sobre un personaje de gran interés tanto para el fan como para el curioso. La creatividad del protagonista comienza ahí mismo, y su frustración emana de los deseos noqueados, de los antiguos amores, de las amistades perdidas y de sus inolvidables obras.

Antonio Banderas desborda el papel como Alter ego del director con una actuación mesurada y electrizante. Sin duda capta la empatía del especador con su mirada. Y atrapa.  Es interesante el planteamiento paralelo de una subtrama con una Penélope Cruz en el papel de madre de Salvador (el protagonista) nada reprochable. En pleno clímax de la acción acontece la vuelta de tuerca final en que pasado y presente convergen para dar sentido a las intenciones de un Salvador hipocondríaco (y con razón), tan sensible con la enfermedad como con las pasiones humanas.

Y entre todo ello, el perdón de una madre, la reconciliación con un actor (posible guiño a los años de enemistad de Almodóvar con Carmen Maura), la nostalgia del pasado, la educación infantil, las drogas y el primer amor. Sin duda el director manchego levanta la mano por vez primera, puede que desde Átame (en la que Banderas, por cierto, había consolidado su profesión), y evita caer en el melodrama fácil e inverosímil que tanta decepción había traído en sus últimos trabajos, dejando algún que otro gag interesante que sin duda quedará grabado por siempre en la controvertida, pero indudablemente admirable, filmografía del autor.

En conclusión, como dice la canción de Mina que marca la atmósfera del filme: un canto fatto di felicità. El intento de un cineasta por descubrirse a sí mismo, desnudar su intimidad sacando a relucir sus temores más profundos y, ante todo, acabar otorgando el sentido ambivalente de una vida, la del artista, que se tambalea siempre, inevitablemente, entre el dolor y la gloria.

 

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Las desnudadas

Emilia Pardo Bazán elabora en Las desnudadas un cuento de tesis en el que se plantea la existencia de la predestinación. En una época en la que el positivismo impera, Pardo Bazán trata el tema del destino a la manera del Helenismo de Epícteto o Marco Aurelio. El principio rector debe guiar por sí solo las acciones, determinar, al fin y al cabo, la libertad. El personaje en que se condensa el relato marco principal es el de Lucio Sagris, este cuenta una historia como ejemplo de los variados cauces que personas sometidas a una misma causa toman.

La relación entre el azar y la Providencia en la Naturaleza es un tema que fascina a los escritores realistas del XIX. Las figuras del Manco de Alzaur y el cura de Urdazpi dotan al metacuento del carácter dual de las Guerras Carlistas y, además, evidencian la ideología política de la autora en muchos rasgos que pudieran tomarse como resultados de la proyección del autor implícito.

Las verdaderas protagonistas son las sobrinas del cura, en ellas recaerá la acción más importante y la consecuente hipó tesis derivada de ella. Su descripción: muchachas hermosas, carlistas, y cuya madre había sido fusilada en la anterior guerra por militares liberales, contrasta con el ambiente bélico y las dota de una primera empatía ante el lector. Los malos sentimientos y las actitudes más infames se ciernen sobre ellas; su humillación pública constituye el trauma a partir del cual el relato de Lucio Sagris adquiere el tono científico adecuado. A priori parece que el modo de vida que adpotan todas es, tras el suceso, idéntico; pero, tras la interrupción a Sagris este afirma que aún no ha finalizado su relato. Una de las sobrinas muere literalmente de pena, en cambio, otra se adscribe a una Orden religiosa en Vitoria. Otra de ellas pelearía frente a las tropas liberales hasta ser herida y morir. La penúltima se daría a la prostitución en Bilbao. La quinta sobrina del cura de Urdazpi vive felizmente junto a este, entregada a las labores domésticas y con el respeto total de sus vecinos.

Epícteto comentaba metafóricamente que a cada persona le es asignada en su vida un papel del que le es imposible desligarse pero que, aun así, depende de ella completamente el cómo se desenvuelva en él. Marco Aurelio, por su parte, señalaba la inexistencia de la incapacidad natural para ser feliz: está claramente en nuestras manos toda aquella cualidad que depende de nosotros mismos. Por otro lado, aquello sobre lo cual no podemos ejercer siquiera nuestra voluntad no es susceptible de ser tomado como una desgracia, pues lo inevitable es, estoicamente, conveniente de una u otra forma.

Así es cómo, mediante la Literatura, el periodismo fue capaz, y aún actualmente lo es, de inmiscuirse en el ámbito más humano y de revisar, mediante y ante él, todo aquel error, toda contingencia psicológica que nos acerca y aleja de la felicidad y que parece, una vez más, que la ficción nos brinda, al menos, junto a la posibilidad de experimentar una breve visión de lo que podríamos ser, si no con la Verdad de por medio, de manera verosímil.

La Nochebuena de 1836

Era obvio que el artículo escrito por un autor pocos meses antes de su suicidio estuviera urdido bajo la sombra del más absoluto pesimismo. En La Nochebuena de 1836 los mecanismos del lenguaje periodístico renovados por Larra hacia un verbo sumamente personal e íntimo desde el que poner como estado de la cuestión las convenciones de una época y una sociedad tambaleantes, dejan entrever el sentimiento herido de un hombre enfrentado no solo a la mala fortuna, sino también al desengaño amoroso, a la reflexión política, psicológica y del propio panorama profesional de su carácter de literato.

Desde un primer momento el artículo comienza haciendo gala de un humor que, de no moverse entre la más honda negritud, misoginia y desprecio para con las clases sociales más bajas, pudiera parecer una breve tregua ante el serio tono que caracteriza la escritura. Es remarcable la constante crítica a los factores contemporáneos a su momento: la economía del Estado, la situación política… Y entre todo ello se intercalan finos pasajes de clara motivación literaria: habla, por ejemplo, metafóricamente de cómo es comparable la penosidad de la vida de uno con la condensación de las gotas de agua en una ventana que simula su llanto. Se aprecia en esos momentos una situación interna, de quien escribe, nada estable ni vitalista.

La narración sustancial del artículo comienza ciertamente en el momento en que el sujeto que habla recuerda la antigua costumbre de las Saturnales romanas en que los esclavos contaban a sus amos las verdades que guardaban durante el resto del año. De esta forma, pretende él practicar esto con su criado en la noche de ese mismo día. Tras esto, Larra reflexiona sobre las fechas que se están viviendo, sobre la hipocresía de una sociedad de consumo en auge, y va describiendo cómo se desenvuelve el panorama cotidiano de las Navidades del Madrid del XIX. El teatro en que se representan dos comedias parece ser para el periodista un claro reflejo de la bajeza social que define a la población.

Cuando, ya a punto de finalizar el día, regresa a su casa, es ahí donde comienza la situación que marcará el término vital del artículo. Su criado está borracho y, este, tal como le había pedido ese mismo día, le empieza a contar las realidades que parecían implícitas en la vida del protagonista. Se trata de un diálogo alegórico con la Verdad. El porqué del escribir, la existencia de criminales que no pagan por sus actos, la engañada búsqueda de la Felicidad en el terreno del corazón humano, las paradojas del liberalismo político y sus finas fronteras con aquello que presuntamente reniega, el escaso valor moral del dinero, la actitud lectora como refugio ante la realidad externa, el fracaso de la Filosofía…

Como voz del infierno califica este discurso de la Verdad, esta desnudez que Larra ofrece de su propia mente, de sus cavilaciones y preocupaciones más profundas.

Finalmente, la voz narradora se aleja por un momento tratando a ambos personajes en tercera persona y con la imagen, vista por el escritor, de una caja y un porvenir que puede que sea la última solución a la soledad y el desengaño: la muerte.

Breve retrato estoico del Cid

Se aprecian en todo el Cantar de mio Cid los esquejes del pensamiento cristiano: fuente de cultura y ralentización del pensamiento filosófico en una época que abarcaría mil años. Se ve cómo, casi todavía en los albores de esta, un fruto venido de las profundidades más humanas, de la oralidad de un tiempo caracterizado por el sometimiento a la religión de todos los aspectos idiosincrásicos, se alza como voz, retrato e ideal del ciudadano, tanto en su figura pública, como en su comportamiento familiar.

Sobre este molde que deja su impronta en toda obra artística de la época es en torno al cual quiero encauzar esta breve reflexión. Se deja entrever en dicho ideal cristiano una huella de la filosofía del Helenismo, la que se inicia tras la muerte de Aristóteles: una encaminada hacia el tema ético más que al metafísico, más a la recta moralidad adaptada  a las reglas de una doctrina, que a la reflexión primigenia sobre los orígenes de todo.

Trataré los restos de la influencia estoica en la concepción de resignación vital que el estoicismo proponía, y cómo esto aparece en el Cid. Asimismo, esas marcas implícitas en las palabras de una obra artística son síntomas de un subconsciente colectivo compartido por todas las personas limitadas por las circunstancias, tanto políticas como económicas y culturales, de su época.

El Cid pierde todo lo que poseía a causa de la envidia que ciertas personas le mostraban en la Corte. Parece que sobre él se cierne un fatum trágico irrevocable. Pero el lector es consciente de la injusticia en todo momento, y ello lo insta a elevarse como un observador privilegiado que sabe tácitamente de la necesidad de un cambio en la pésima situación del protagonista. Y es ahí donde quiero comenzar a remarcar la evidente estructura estoica que presenta el planteamiento de la narración en todos sus aspectos: desde el desarrollo de los personajes hasta el tono de las peripecias y puntos de giro.  El lector, y en sus tiempos el oyente, se yergue como un representante de la Naturaleza como concepto estoico; es decir, una especie de lógos racional que hace de la realidad su semejante. El receptor de la obra puede ser entendido, pienso, como ese conocedor de toda causalidad de los problemas que le ocurren a un personaje que, por haber sido traspuesto en la Literatura, consta de esa posibilidad; es como si por el hecho de haber convertido su historia en una obra literaria, con los cambios que ello implica, se extrapolara el funcionamiento de la propia realidad a una más asequible, limitada, pero comparable con el funcionamiento de la existencia. Es una muestra de un momento, el de la parte más importante de la vida del Cid, con todos los sucesos que ejemplifican el funcionamiento determinista y para nada azaroso de lo real.            

Pese al comienzo in media res en el que se ve a un Cid cuyo sufrimiento es extremo, sus propias acciones lo van acercando a una templanza ejemplar que lo va guiando hacia la esperanza de volver a triunfar.

 

 

El signo negativo del destierro significaba quedar fuera del mundo regido por el rey. Era apartarse de los límites gobernados por un Dios que lo suponía todo. Durante toda la narración son constantes las oraciones, las súplicas y los agradecimientos a Cristo. El Cid casi no se plantea la causa de su destierro, su mentalidad está completamente embebida por la idea judeocristiana del mundo como valle de lágrimas, la vida terrenal como la celada del sufrimiento que finalizará con la llegada a un reino eterno. Esto pudiera explicar la paciente resignación que mueve al Cid. Aunque él no deja de trabajar por volver a poseer la confianza del rey que, perfectamente, es la de Dios, lo hace con la certeza de que actuar en función de un ideal entroncado hacia la integridad y el honor lo llevará por el derrotero de la justicia. Sus victorias militares oscilan entre su ideal de conquista cristiana y su método de recuperar riquezas.

Como todo acontece por necesidad, tanto en el Cristianismo como en el Estoicismo, las palabras y las cosas forman parte del universo, y hay cierta legitimidad entre las proposiciones y la lógica natural, el comportamiento del mundo. Cuando el Cid se expresa, cuando se lamenta, reza o promete a su familia que volverá para recuperarla, o miente a la pareja de judíos con que les devolverá su préstamo, el Cid actúa de la misma manera, con sus expresiones, que un juglar que recita los versos por los que se cuenta esto en el Cantar y obtiene de ellos la verosimilitud de la ficción.

Pues bien, dentro de la propia ficción, el personaje, en su realidad que es inexistente para quien lee la obra más que en su mente, en su microcosmos, guía sus palabras hacia un destino grabado ya en la lógica de la existencia. Se distingue una parte activa, que es todo ese entorno de deseos y preocupaciones del Cid, frente a una pasiva, una sustancia sin limitación cualitativa alguna, en la cual actúa el Cid y es consciente de que ha de enfrentarse a ello mediante la calma de espíritu más honda. Cuando su honra vuelve a quedar herida por los acontecimientos de Corpes, el Cid vuelve a ensalzar su figura con una actitud ejemplar. Se enfrenta siempre acorde a la legalidad de la época y con un respeto ejemplar hacia su rey. Esa imperturbabilidad del ánimo, que en ocasiones es desbordada por el carácter más humano, define al Cid y lo sitúa como el cristiano perfecto; como la mejor imagen posible del representante de una nación. El Cid acepta que para ser feliz deberá vivir de acuerdo con la Naturaleza, adopta una postura implicada con su tiempo porque comprende que en la política y las relaciones sociales uno se subordina a una ley mayor. He ahí el rasgo que lo difiere tajantemente del planteamiento epicúreo, no se aísla, actúa pero con un control por el que marca unas acciones que produce en cuanto a humano, siempre dejando la última palabra a un Dios que alaba.

La autarquía del Cid es producto de todas sus virtudes, y solamente por acontecer su vida como virtuosa es en ella misma feliz. Como conocedor de los límites de sus capacidades y de la extensión de la voluntad divina, vive en concordancia con la Naturaleza que lo rodea; su acción en ella, su lucha militar es parte de dicha voluntad; es decir, es, ante todo, voluntad de Dios. Aceptar las consecuencias que acarrea el actuar del Cid es demostrar que la naturaleza racional humana es paralela a la de la realidad toda. La representación repentina de lo que él considera conveniente es el impulso mismo de la Naturaleza y esto define el impulso de un ser racional, este siempre será enfocado hacia la autoconservación. El Cid percibe situaciones, las valora y se presenta como sujeto inevitablemente ético. Ser prudente, actuar justamente… estas cualidades se hallan dentro de la categoría del deber, dentro de todo lo que, siendo consecuente con la vida, como decía Estobeo, tiene una justificación razonable.

El problema se encuentra cuando en personajes como los infantes se va en contra del deber. Ellos actúan en base a una necesidad. La Naturaleza es también completada con su maldad y su actitud forma parte de la exigencia lógica. Las pasiones desvían el alma. Por eso los estoicos las inhiben. Aun así, aunque con ello se asegure la racionalidad, la del Cid frente a sus enemigos, el comportamiento de estos no es ajeno a la ley de la Naturaleza. Como todo surge de la representación de lo deseado, como bien se ve en el empuje que supone su familia para el Cid, todo se representa en función de la Naturaleza, que incluye las acciones en la condena a la misma y de ahí se extrae la paradoja estoica, que es la del humano, la misma que se extrae de un texto artístico: el hecho de que aquello que no está conforme a la Naturaleza, se presente afín a ella. Por ello lo abstracto acaba pereciendo, y la práctica, la que se figura en las acciones literarias, puede que sea la única que encierre la Verdad, por inalcanzable que sea.

Pero la vida del Cid es, ante todo, coherente en su ideal cristiano: vive en el modo preferible del que hablaba Zenón; aquel regido de acuerdo a una sola norma. Y eso lo hace, entre muchas otras cosas, estoico.

De lo esperable a lo escéptico

No es extraño encontrar en el seno de la Literatura medieval europea en pleno siglo XIII un texto de la eminente holgura doctrinal que posee los Milagros de Nuestra Señora. La introducción de la obra, de carácter alegórico, capta el mantra que tanto se repitirá por la crítica como método para entender el Corpus del Mester de clerecía: liberarse de la corteza para atender al meollo. Los veinticinco milagros consolidan claramente la unidad de tratado mariano.

Las características que definen la obra como una composición de finalidad didáctica son las mismas que ubican al yo ejemplar en el sujeto activo tanto en la introducción de los Milagros como en la del Libro de buen amor. Además esto supone el pensamiento positivo en el lector o en el oyente del texto; de esta forma puede llegar a verse capaz, no solo de asimilar las enseñanazas y aplicarlas a su existencia vital, sino también de desprenderse del mero continente para profundizar en un contenido que, como luego comentaré, aparece de una manera mucho más explícita en los Milagros de Nuestra Señora.

Los beneficios del Locus amoenus de la introducción de esta última obra son análogos a la propia identificación de la Virgen con el paisaje, la voz narradora es identificable con la conveniencia de un nosotros coetáneo a dicho siglo XIII y el cuadro dramático que conforma cada uno de los milagros muestra cierta “simetría formal”, una aparente armonía que facilita la memoria y los valores pragmáticos de la composición; es decir, los resultados que pretende lograr en el receptor del texto.

Pero en el siglo XIV la realidad, de la que puede ser tomado, como ejemplo para comentar, la obra maestra de Arcipreste de Hita, es ligera y, a la vez, contundentemente diferente. Aparte de la mayor variedad métrica y la admisión de la sinalefa por primera vez desde el Mester de juglaría, presentes en el Libro de buen amor en comparación con la obra de Berceo, también son destacables los cambios en la rima, el uso de encabalgamientos, la escasez de hipérbatos y el uso de la subordinación. Pero es evidente que el cambio del tono de la Literatura es el aspecto más importante. Arcipreste de Hita inmiscuye la sátira en su “tratado sobre el amor” de claros ecos ovidianos.

 

Personalmente, encuentro los Milagros de Nuestra Señora sita en una conciencia aún demasiado definida por la Escolástica más conservadora en que la fe pesa más que la razón; en cambio el Libro de buen amor introduce algo totalmente transgresor, mucho más cercano a la mentalidad renacentista ya arraigada en el resto del continente; desde el tono jocoso y satírico de Arcipreste de Hita se entrevé la ruptura de las concepciones horacianas. La dualidad del docere-delectare pierde su frontera, antes perfectamente delimitada, se aparta del didactismo tradicional y desconcierta al lector. La finalidad artísctica de enseñar, y construir una sociedad digna de los valores propiamente transmitidos establecida desde Platón supone, por vez primera en las letras hispánicas, el sometimiento a una ambigüedad percibible tanto en la recepción como en la misma capacidad relacional de los pasajes que componen el libro.

Desde el humor se llega a lo mundano como comenta Menéndez Pidal, porque la forma es ahora homologable a la propia sustancia temática tratada: el Amor loco es real, el Amor a Dios, la fe, es aconsejable, es mejor y forma parte de lo bueno, pero uno no anula lo otro. Todas las voces que actúan como narrador, ya sea desde un punto de vista homodiegético o heterodiegético, se encuentran ubicadas para con la intención de la forma artística por sí misma. Considero que alejarse, no del todo (como ocurre en el Libro de buen amor), del didactismo, y mostrar al receptor la decadencia lúdica de las formas del panorama tanto real como literario de la época, en el ámbito de las modas y en el de las capacidades de expresión, contribuye a incorporar al “universo literario” una nueva modalidad formal, una estética modernizada para el momento que presenta desde la propia raíz temática, crítica y tonal, un reflejo, desde el objeto medieval, de la caducidad de una época, de la expiración del propio elemento utilizado, lógicamente, desde una lucidez abrumadora que, como no es posible evitar, genera, como poco, la ambigüedad interpretativa y existencial del lector. En ello Sánchez-Albornoz, Blecua o Joset establecen sus críticas.

 

 

 

 

 

No es sorpresa alguna, por tanto, que sea más cercano al lector del siglo XXI el texto de Arcipreste de Hita. A ello contribuye la diversión que ofrece su lectura. Se trata de una modalidad más cercana, aunque sea evidente que no es lícito, sino peligroso, hacer una comparación tan cercana a la sincronía, al “arte por el arte” de principios del siglo pasado que a la concepción neoclásica o marxista de la Literatura como método propagandístico. Sin embargo lo interesante es ver que en los Milagros de Nuestra Señora la contraposición res-verba marca el camino del Mester de clerecía y concede predominio al fondo. El problema, si se lo puede llamar así, es que en el plano semántico de la obra la labor intensional queda reducida a los conceptos más elevados; aunque se traten de igual forma ejemplos de aquello que habría de evitarse para obtener la salvación, el trasfondo que sostiene el texto es continuamente el de la realidad trinitaria y de la Virgen, es decir, la divinidad es, ante todo, la Verdad que se erige como única razón para componer esa Literatura.

Pero, al inmanente utilitarismo de la obra de Berceo se contrapone la pincelada humana del Arcipestre, que en la aglutinación de conceptos transmitidos elabora todos aquellos correspondientes al Amor. Un tema que inevitablemente se mantendría como universal y que, entonces, interesa más directamente al lector moderno. Además de por ser tratado en muchas de sus facetas y posibilidades.

Por eso los Milagros versus el Libro de Buen Amor es como contraponer la visión de La Virgen de las rocas de Leonardo versus El jardín de las delicias de El Bosco; a la expresión artística meramente doctrinal y religiosa se le contrapone el discurso humano y ambivalente de una Literatura que demuestra la palabra renovadora de un porvenir inminente.

Creo que es indicio de una madurez literaria evidente el hecho de que el Libro de Buen Amor en toda su complejidad composicional: sus referencias goliardescas y ovidianas, su variedad de enxiemplos, su uso alegórico de muchos pasajes y la condensación de las posibilidades ficcionales, así como el papel de doña Urraca como figura vital en la posterior Literatura, demuestra el valor de una “obra puente” entre dos realidades diferentes con un mismo molde judeo-cristiano como definidor transversal, entre pasado y futuro.

 

Y es, ante todo, sostenible que como tales, Berceo se encuentre como representante de aquello que precisamente Arcipreste dejaba atrás; los Milagros son parte del engranaje regente de una necesidad expresiva aunada a lo litúrgico y didáctico, a la modalidad esperable en una composición medieval, mientras que el Libro de buen amor es consecuencia directa de la convulsión de una época dúctil que paulatinamente iría dejando atrás el carácter profuso de obras como la de Berceo, es, sin duda alguna, la combinación maniquea de la condición humana con la revelación inevitablemente paradójica que se muestra en el fin de la Escolástica: la razón tiende a separarse tarde o temprano de la fe y, además, la exposición positiva de los hechos, de las realidades que inmiscuyen al Amor (que son también las que para Berceo deberían ser procesadas únicamente hacia la creencia, Verdad de todas las cosas) conllevan consecuencias no tan ideales como las promulgadas por el Catolicismo, sino mucho más palpables, duales y, sobre todo, nada esperables, sino más bien cerca de la liberación de la aseveración certera, de lo escéptico.

Mal de muchos, consuelo de tontos (y de tontas)

En esta última década, el llamado lenguaje «inclusivo» ocupa el punto de mira de los, cada vez más, movimientos feministas. Pensar que la mujer aumenta la posibilidad de ser visualizada en nuestra sociedad mediante el cambio del morfema «-o» por el «-a» es como creer que los silencios de una partitura musical, necesarios y ostensivos en todo caso, discriminan, precisamente por no albergar sonido, a toda nota que no es sonorizada durante su intervalo temporal. Es imprescindible ser capaz de abstraer la gramática en sí, en su propio funcionamiento, y ser consciente de que la lengua, general, abstracta, e inmanente a la sociedad como colectivo, es establecida en base a unos aspectos naturales e históricos que la conforman. Es cierto que no se puede negar la necesidad de su evolución. Y precisamente el debate se encuentra en la dicotomía que produce el requerimiento de un cambio artificial, impuesto, casi obligado, frente al proceso natural de cambio de la lengua, uno totalmente imparable, y cuyos procesos se sustentan en los más diversos planos de la comunidad hablante: instituciones, medios de comunicación, clases sociales, entornos geográficos…

Hjelmslev a principios del siglo XX establece en sus Principios de gramática general la distinción entre expresión y contenido, que constituyen la lengua. Los dos equivaldrian al significante y significado respectivamente, sostenidos por Saussure. Sendos albergaban las distinciones de forma y sustancia. Pues bien, en la sustancia del contenido podría ubicarse la noción del tiempo, por ejemplo. Esta es la misma en cada lengua, pero su articulación difiere, lógicamente. En español existe el tiempo pasado, el presente y el futuro; en otras lenguas como el danés, se articula tan solo en pasado y presente. Sin embargo jamás se podrá decir que por este motivo el español sea una lengua más evolucionada o mejor que la danesa. Esto solamente es un ejemplo de que en el contenido de la lengua, allí donde forma y sustancia convergen en la disciplina de la Semántica, se alberga uno de los más potentes argumentos contra el mal llamado lenguaje inclusivo. De la misma manera que en español es posible hablar del pasado mediante el tiempo presente con el denominado presente histórico, e incluso del futuro, se puede también referir a la mujer con un morfema que, por su carácter genérico, la incluye siempre en su plural.

La demagogia y el amplio estigma que, paulatinamente, se ha ido formando en torno a la absurda tendencia de completar todo plural en masculino genérico con su correspondiente plural en femenino han llevado no solo al anacoluto y a la silepsis, sino también al mal uso de símbolos como el arroba o la barra, y, en últimos términos, la invención de palabras incoherentes e irrisorias respecto a su raíz, como en el caso de *portavoza, además de usos incalificables como *chicxs o *chiques para incluir los dos géneros.

Es inteligible que haya un intento constante por derrotar esas barreras que aún impiden vivir en una sociedad igualitaria y más justa, pero esto no justifica que se pretenda cambiar un bien común, el lenguaje, en un aspecto totalmente fútil para dichas intenciones. John Austin, desde una perspectiva casi marxista, señalaba que el lenguaje podía motivar cambios en el mundo, pues no solo describe cosas, sino que también actúa, implica cambios y ejerce acciones por sí mismo dependiendo de la fuerza ilocutiva que el enunciado posea. Aquellos que defienden la lucha contra el machismo yendo en contra de los estereotipos establecidos en una sociedad que peca todavía de xenófoba, homófoba y racista, una sociedad cuya estructura se basa de forma innegable desde su estructura más primigenia, el individuo, hasta su punto álgido, la sociedad, pasando por la institución familiar, en la que Foucault o Marcuse en su Eros y civilización concentraba todos los problemas de esta irremediable herencia filogenética, y que achacan este problema al uso económico y natural del lenguaje, caen en su propia trampa, en su crítica, pues acaban siendo esencialistas por ubicar el problema en la lengua misma.

Tan solo habría que analizar la cuestión desde un punto de vista constructivista, más afín, por cierto, en teoría, a la gente que busca este cambio social, estableciendo las causas en la educación y en las primeras etapas de desarrollo de las últimas generaciones, de las más jóvenes, para así erradicar el problema desde abajo, desde su raíz, y no desde el espejo de la sociedad, desde la capa más superficial, que es el lenguaje y que se adquiere como conocimiento no imitatorio, sino en la combinación del escaso imput que recibe el niño, junto con sus capacidades innatas.

Esta gente que es incapaz de diferenciar la referencia a la mujer dentro de un morfema y una cuestión gramatical, totalmente ajena al sexo de la persona, a la vida «real», por así decirlo, es la misma que critica cierto humor por no saber que los chistes, al margen de su componente inconsciente que pudieran tener para Freud, son, ante todo, ficción. El lenguaje no es ficción, ni tampoco innocuo, pero de lo que se puede estar seguro es que evoluciona como un ser vivo y cubre siempre sus necesidades de manera natural y no impuesta. Ante el espectro de la realidad surge la lengua como definidora,  clasificadora y diferenciadora de las cosas, y a esta capacidad necesaria no solamente para la comunicación, sino también proveniente de la última instancia de la condición humana y consecuencia de la evolución del Ser Humano, no se le puede adjudicar una ideología determinada.

Es incoherente llamar a alguien machista porque para referirse a un grupo mixto de personas pronuncie la palabra todos y no todos y todas. Por qué si no la gente a favor de esto iba a ser capaz de pensar y llegar a la conclusión de que el lenguaje es machista, si antes de existir esta nueva forma de lenguaje ellos también lo hablaban. Si ellos fueron capaces de revisar la lengua, de buscar carencias en ella… ¿no fue precisamente desde el pensamiento realizado con esa forma de usar el lenguaje, que ahora ellos rechazan, como llegaron a esta conclusión? Ellos mismos caen en las carencias de sus argumentos cuando dicen que decir todos es no incluir a la mujer; saben que en ese todos hay mujeres, es decir, que no solo se refiere a un conjunto de hombres. Entonces, ¿cuál es el problema? Su crítica parte entonces de saber que en ese plural están presentes ambos sexos, pero no concluyen en que el género en que se expresa (el cual es masculino) se queda neutralizado por su carácter genérico y (este sí)  inclusivo. No existe falla alguna en el lenguaje sino que sus argumentos se sustentan en unas premisas falsas. La premisa mayor es incorrecta. No existe lenguaje inclusivo alguno porque la lengua es autosuficiente y no es susceptible de ser revisada por un grupo de personas alentadas que insistentemente pretenden querer cubrir una carencia en el lenguaje que a todas luces es inexistente en este.

Uno de los argumentos que consideran más sólidos es que cambiar la manera de hablar cambiará la manera de pensar; pero es en los estadios que la educación en la sociedad mantiene desde los cuales se debe partir para cambiar las costumbres verdaderamente discriminatorias.

Pensar que ciertos hábitos lingüísticos, tachados como ciertas cosas que al parecer contribuyen a una sociedad desigualitaria por su propio uso y no por quién lo dice y lo que este piensa, promueven a la discriminación, hace pensar que estos defensores del lenguaje «inclusivo» no llegan a albergar la vital capacidad de abstracción, que no pueden entender (o no quieren) entonces ninguna frase hecha o uso metafórico del lenguaje (de lo que más adelante pondré ejemplos). Rara vez alguien se pone a pensar en qué significan textualmente muchas de las frases hechas que día a día empleamos; hacerlo supondría echar por la borda todo principio de la Pragmática. Acabo de emplear la expresión echar por la borda y puedo asegurar con firmeza que quien lea esto no pensará, al menos en un primer momento, en alguien arrojando algo desde un barco, sino que es capaz de, inconscientemente, procesar la situación prediscursiva y sopesar el contexto que poco a poco este discurso va formando. De la misma manera, si se dice algo así como todos estamos ya en la fiesta, nadie pensará, dicho así sin contexto, que no hay mujeres.

Por tanto, defender el lenguaje «inclusivo» afecta a la riqueza del lenguaje y además no contribuye con aquello que quienes lo emplean buscan.

Dejando de lado este tema un momento, me gustaría centrarme ahora en un asunto, parecido al anterior y comparable, pero diferente a su vez, sobre el que leí hace poco un artículo en el periódico El País. Este artículo, con el extenso titular de «Los animalistas entran al trapo lingüístico: no más frases como ‘agarrar el toro por los cuernos’», expresa los cambios que la organización Personas por el Trato Ético de los Animales (PETA) pretende realizar en el lenguaje. Esta asociación sostiene que ciertas expresiones como: matar dos pájaros de un tiro o agarrar el toro por los cuernos incitan a la aversión contra los animales.

Este ejemplo es consecuencia de lo mismo que los que están a favor del lenguaje inclusivo defienden. La gran mayoría de personas que emplean este tipo de refranes o expresiones no discriminan a los animales, incluso tienen mascotas o son amantes de ellos. La realidad construye en cierta medida el lenguaje, y este refleja gran parte de la cultura de sus hablantes, pero también posee vestigios de otras civilizaciones incluso, de las que nuestra lengua procede (en el caso del masculino genérico por ejemplo, podemos hallar su origen en el latín vulgar). Esto no quiere decir que aquellos procesos históricos que han dejado una huella en el lenguaje y que fueron caldo de cultivo para muchas de las expresiones usadas aún hoy en día, no hayan sido ya superadas o no se haya progresado en contra de algunas tradiciones arcaicas. Pero, de nuevo, lo que esa asociación pretende no es solo acabar con estos refranes, legado de generaciones pasadas, sino también cambiarlas por otras cuyo uso es «pacífico» con los animales. Esto genera cambios a veces incluso hasta en el significado de las expresiones, por no hablar de rayar lo ridículo. Esto no está ocurriendo únicamente en España; proviene del inglés, con el que se tiene cierta semejanza en estos refranes.

PETA propone cambiar matar dos pájaros de un tiro por alimentar dos pájaros con un panecillo. Estos refranes, que en su mayoría constan de un carácter figurado y metafórico de gran fuerza comunicativa, pierden su sentido cuando la curiosidad mató al gato pasa a ser la curiosidad emocionó al gato. El caso es que esta gente no piensa que todas estas expresiones son usadas siempre en actos comunicativos referidos a personas y no a animales, y que su sentido es totalmente abstraído. A agarrar el toro por los cuernos le colocan la alternativa de agarrar la flor por las espinas. Y a ser un conejillo de indias, ser un tubo de ensayo. Mucho tardan ya los defensores de las plantas en achacar al lenguaje que se cebe con las espinas de las pobres flores.

Como se puede ver, en estos tiempos de ofensa e hipócrita empatía, se empieza a afectar al lenguaje. Es innegable que el uso del lenguaje inclusivo está teniendo sus consecuencias; hay ya niñas que no se sienten incluidas en niños porque sus profesores de primaria les inculcan desde bien pronto los desdoblamientos, al igual que los medios de comunicación. Los discursos son empobrecidos por fallos de concordancia y por la inculcada artificiosidad de estos usos que están ya provocando dificultades sintácticas y confusiones que evocan en los hablantes la duda. En el diálogo de Platon de nombre Crátilo se presentan dos posturas: una en que se dice que los nombres son exactos por naturaleza y que se ajustan a la realidad, y otra en que los nombres son por convención, arbitrarios y consagrados después de un pacto otorgado por la costumbre. La etimología a veces supone el punto intermedio de estas dos posturas, pues aunque en su mayoría sean arbitrarias, las palabras deben a su origen y a los demás nombres que derivan de ellas, cierta similitud. Conociendo las palabras no se conocen las cosas, pero sin conocerlas, las cosas quedas huérfanas de una parte única de ellas mismas, la humana.

El error, dejando de lado el oportunismo cínico de aquellos que creen que el lenguaje encierra en sí, como sistema mental complejo, un defecto de la propia sociedad, se halla, desde un fondo lingüístico y consciente de la verdadera naturaleza del lenguaje, en la confusión entre lo dicho y lo comunicado de aquel que no es capaz de distinguirlos.

En un artículo publicado en el diario digital de El País el día dos de diciembre del ya pasado año, el periodista Álex Grijelmo ponía como ejemplo de esto el significante de la palabra casa, el cual encierra en su significado todos los componentes que se pueden encontrar en la casa; es decir, las ventanas, las puertas… no se mencionan en casa pero sí que son intrínsecas a su significado. Por tanto, siempre que un colectivo (el público  por ejemplo) o una institución como Congreso de los Diputados, es mencionado con, como se puede apreciar, la terminación en un plural masculino, implica ambos sexos en su significado, intrínsecos de la misma forma que las ventanas se ligan al significado de casa. Es necesario comprender que el sentido de las palabras es ulterior al significado asignado por convención; se llevan a cabo diferentes partes de un proceso pragmático, paralelas e inconscientes, que hacen entender al destinatario de un mensaje, aquello que trasciende lo lingüístico y toma del exterior, de los conocimientos compartidos y de la presunción de relevancia de la que Sperber y Wilson hablan, para generar los llamados efectos contextuales. Por ello hay que entender el lenguaje en relación con su uso, y no aislado. La aplicación correcta de este depende siempre del contexto, el cual se va formando a lo largo de las emisiones del emisor.

De igual manera que existen plurales que, aunque invariables, se refieren en ocasiones a uno solo de ellos (tal es el caso de los pluralia tantum como crisis), el masculino no es solo referente del sexo masculino, incluye también al femenino en las expresiones plurales.

Para finalizar y concluir, creo importante recalcar la falsa causalidad que los pro lenguaje «inclusivo» señalan. Hjelmslev decía que cada lengua conforma sus unidades en función de las necesidades de la comunidad determinada, de tal manera que no todas tienen las mismas ni estas se comportan de la misma manera: en otras lenguas es el femenino el que actúa como genérico, y ello no significa que la comunidad que emplee ese tipo de lenguas sea feminista. Incluso existen lenguas que carecen de género. De todas formas, nuestra lengua oblitera en algunos casos la distinción masculino-femenino: existen los epicenos, por ejemplo. Y muchos dobletes ni siquiera poseen carácter morfológico, sino léxico. El masculino, comparte la morfología con el femenino en el plural, o sea, siempre que un plural acabe en masculino (a no ser que implique ya el género de los referidos como en palabras como hombres) incluye la posibilidad de que entre ellos haya referentes femeninos y por tanto requieren de una precisión cuando se señala uno entre todos (esto se da en expresiones como el único varón de todos los ministros).

Así pues, la resolución de los problemas de desigualdades reales en nuestra sociedad no se encuentra, en ningún caso, en la gramática. Quizás algún día, cuando las teorías feministas triunfen y el lenguaje prosiga su curso inquebrantable, se liberará de él el peso injusto de la desigualdad, en él carente, que se le confiere

 

NIDO

misma máxima

que lúgubre se enciende

mínimamente

que deslumbra con su jugo

llanto que florece mi ánima

viaducto vidriado de lirismo

el ensueño quimérico

el que habito

mi vida

de vid virgen

la sonrisa que en ayuno

tu voz entrecortada

tu sangre en mi pecho

y tu cuerpo

libre en el mío

tu sonrisa

esmeralda jadeante

la que en ayuno nadie entiende

yo lo hago

es mía

y quiero hacer con ella

lo que los pájaros

con sus nidos

quiero volar

su blancura infinita

quiero saber que la tengo

que te tengo

que para mí tú eres

lo que para ellos el cielo

(Uebos, Daniel Bernués)