Donde hay dolor hay un lugar sagrado

Donde hay dolor hay un lugar sagrado, escribía Oscar Wilde en su carta De profundis a su amante desde la cárcel. Por primera vez en mucho tiempo la esencia de Almodóvar se cohíbe y deja paso a la fluidez de una esperadísima autoficción. Sin perder el pulso del humor, el drama de Dolor y gloria se ubica en la parte más freudiana de su creador y la extiende y la contrae para lograr extraer de ella la infancia, el primer paso hacia la homosexualidad, la esperanza contrariada de un artista cuyo dolor trasciende lo físico y lo sumerge en la debilidad más palpitante e irresistible. El dolor de poeta, el sufrimiento nihilista, el mismo del que hablaba Wilde, se cierne sobre un personaje de gran interés tanto para el fan como para el curioso. La creatividad del protagonista comienza ahí mismo, y su frustración emana de los deseos noqueados, de los antiguos amores, de las amistades perdidas y de sus inolvidables obras.

Antonio Banderas desborda el papel como Alter ego del director con una actuación mesurada y electrizante. Sin duda capta la empatía del especador con su mirada. Y atrapa.  Es interesante el planteamiento paralelo de una subtrama con una Penélope Cruz en el papel de madre de Salvador (el protagonista) nada reprochable. En pleno clímax de la acción acontece la vuelta de tuerca final en que pasado y presente convergen para dar sentido a las intenciones de un Salvador hipocondríaco (y con razón), tan sensible con la enfermedad como con las pasiones humanas.

Y entre todo ello, el perdón de una madre, la reconciliación con un actor (posible guiño a los años de enemistad de Almodóvar con Carmen Maura), la nostalgia del pasado, la educación infantil, las drogas y el primer amor. Sin duda el director manchego levanta la mano por vez primera, puede que desde Átame (en la que Banderas, por cierto, había consolidado su profesión), y evita caer en el melodrama fácil e inverosímil que tanta decepción había traído en sus últimos trabajos, dejando algún que otro gag interesante que sin duda quedará grabado por siempre en la controvertida, pero indudablemente admirable, filmografía del autor.

En conclusión, como dice la canción de Mina que marca la atmósfera del filme: un canto fatto di felicità. El intento de un cineasta por descubrirse a sí mismo, desnudar su intimidad sacando a relucir sus temores más profundos y, ante todo, acabar otorgando el sentido ambivalente de una vida, la del artista, que se tambalea siempre, inevitablemente, entre el dolor y la gloria.

 

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