Mal de muchos, consuelo de tontos (y de tontas)

En esta última década, el llamado lenguaje «inclusivo» ocupa el punto de mira de los, cada vez más, movimientos feministas. Pensar que la mujer aumenta la posibilidad de ser visualizada en nuestra sociedad mediante el cambio del morfema «-o» por el «-a» es como creer que los silencios de una partitura musical, necesarios y ostensivos en todo caso, discriminan, precisamente por no albergar sonido, a toda nota que no es sonorizada durante su intervalo temporal. Es imprescindible ser capaz de abstraer la gramática en sí, en su propio funcionamiento, y ser consciente de que la lengua, general, abstracta, e inmanente a la sociedad como colectivo, es establecida en base a unos aspectos naturales e históricos que la conforman. Es cierto que no se puede negar la necesidad de su evolución. Y precisamente el debate se encuentra en la dicotomía que produce el requerimiento de un cambio artificial, impuesto, casi obligado, frente al proceso natural de cambio de la lengua, uno totalmente imparable, y cuyos procesos se sustentan en los más diversos planos de la comunidad hablante: instituciones, medios de comunicación, clases sociales, entornos geográficos…

Hjelmslev a principios del siglo XX establece en sus Principios de gramática general la distinción entre expresión y contenido, que constituyen la lengua. Los dos equivaldrian al significante y significado respectivamente, sostenidos por Saussure. Sendos albergaban las distinciones de forma y sustancia. Pues bien, en la sustancia del contenido podría ubicarse la noción del tiempo, por ejemplo. Esta es la misma en cada lengua, pero su articulación difiere, lógicamente. En español existe el tiempo pasado, el presente y el futuro; en otras lenguas como el danés, se articula tan solo en pasado y presente. Sin embargo jamás se podrá decir que por este motivo el español sea una lengua más evolucionada o mejor que la danesa. Esto solamente es un ejemplo de que en el contenido de la lengua, allí donde forma y sustancia convergen en la disciplina de la Semántica, se alberga uno de los más potentes argumentos contra el mal llamado lenguaje inclusivo. De la misma manera que en español es posible hablar del pasado mediante el tiempo presente con el denominado presente histórico, e incluso del futuro, se puede también referir a la mujer con un morfema que, por su carácter genérico, la incluye siempre en su plural.

La demagogia y el amplio estigma que, paulatinamente, se ha ido formando en torno a la absurda tendencia de completar todo plural en masculino genérico con su correspondiente plural en femenino han llevado no solo al anacoluto y a la silepsis, sino también al mal uso de símbolos como el arroba o la barra, y, en últimos términos, la invención de palabras incoherentes e irrisorias respecto a su raíz, como en el caso de *portavoza, además de usos incalificables como *chicxs o *chiques para incluir los dos géneros.

Es inteligible que haya un intento constante por derrotar esas barreras que aún impiden vivir en una sociedad igualitaria y más justa, pero esto no justifica que se pretenda cambiar un bien común, el lenguaje, en un aspecto totalmente fútil para dichas intenciones. John Austin, desde una perspectiva casi marxista, señalaba que el lenguaje podía motivar cambios en el mundo, pues no solo describe cosas, sino que también actúa, implica cambios y ejerce acciones por sí mismo dependiendo de la fuerza ilocutiva que el enunciado posea. Aquellos que defienden la lucha contra el machismo yendo en contra de los estereotipos establecidos en una sociedad que peca todavía de xenófoba, homófoba y racista, una sociedad cuya estructura se basa de forma innegable desde su estructura más primigenia, el individuo, hasta su punto álgido, la sociedad, pasando por la institución familiar, en la que Foucault o Marcuse en su Eros y civilización concentraba todos los problemas de esta irremediable herencia filogenética, y que achacan este problema al uso económico y natural del lenguaje, caen en su propia trampa, en su crítica, pues acaban siendo esencialistas por ubicar el problema en la lengua misma.

Tan solo habría que analizar la cuestión desde un punto de vista constructivista, más afín, por cierto, en teoría, a la gente que busca este cambio social, estableciendo las causas en la educación y en las primeras etapas de desarrollo de las últimas generaciones, de las más jóvenes, para así erradicar el problema desde abajo, desde su raíz, y no desde el espejo de la sociedad, desde la capa más superficial, que es el lenguaje y que se adquiere como conocimiento no imitatorio, sino en la combinación del escaso imput que recibe el niño, junto con sus capacidades innatas.

Esta gente que es incapaz de diferenciar la referencia a la mujer dentro de un morfema y una cuestión gramatical, totalmente ajena al sexo de la persona, a la vida «real», por así decirlo, es la misma que critica cierto humor por no saber que los chistes, al margen de su componente inconsciente que pudieran tener para Freud, son, ante todo, ficción. El lenguaje no es ficción, ni tampoco innocuo, pero de lo que se puede estar seguro es que evoluciona como un ser vivo y cubre siempre sus necesidades de manera natural y no impuesta. Ante el espectro de la realidad surge la lengua como definidora,  clasificadora y diferenciadora de las cosas, y a esta capacidad necesaria no solamente para la comunicación, sino también proveniente de la última instancia de la condición humana y consecuencia de la evolución del Ser Humano, no se le puede adjudicar una ideología determinada.

Es incoherente llamar a alguien machista porque para referirse a un grupo mixto de personas pronuncie la palabra todos y no todos y todas. Por qué si no la gente a favor de esto iba a ser capaz de pensar y llegar a la conclusión de que el lenguaje es machista, si antes de existir esta nueva forma de lenguaje ellos también lo hablaban. Si ellos fueron capaces de revisar la lengua, de buscar carencias en ella… ¿no fue precisamente desde el pensamiento realizado con esa forma de usar el lenguaje, que ahora ellos rechazan, como llegaron a esta conclusión? Ellos mismos caen en las carencias de sus argumentos cuando dicen que decir todos es no incluir a la mujer; saben que en ese todos hay mujeres, es decir, que no solo se refiere a un conjunto de hombres. Entonces, ¿cuál es el problema? Su crítica parte entonces de saber que en ese plural están presentes ambos sexos, pero no concluyen en que el género en que se expresa (el cual es masculino) se queda neutralizado por su carácter genérico y (este sí)  inclusivo. No existe falla alguna en el lenguaje sino que sus argumentos se sustentan en unas premisas falsas. La premisa mayor es incorrecta. No existe lenguaje inclusivo alguno porque la lengua es autosuficiente y no es susceptible de ser revisada por un grupo de personas alentadas que insistentemente pretenden querer cubrir una carencia en el lenguaje que a todas luces es inexistente en este.

Uno de los argumentos que consideran más sólidos es que cambiar la manera de hablar cambiará la manera de pensar; pero es en los estadios que la educación en la sociedad mantiene desde los cuales se debe partir para cambiar las costumbres verdaderamente discriminatorias.

Pensar que ciertos hábitos lingüísticos, tachados como ciertas cosas que al parecer contribuyen a una sociedad desigualitaria por su propio uso y no por quién lo dice y lo que este piensa, promueven a la discriminación, hace pensar que estos defensores del lenguaje «inclusivo» no llegan a albergar la vital capacidad de abstracción, que no pueden entender (o no quieren) entonces ninguna frase hecha o uso metafórico del lenguaje (de lo que más adelante pondré ejemplos). Rara vez alguien se pone a pensar en qué significan textualmente muchas de las frases hechas que día a día empleamos; hacerlo supondría echar por la borda todo principio de la Pragmática. Acabo de emplear la expresión echar por la borda y puedo asegurar con firmeza que quien lea esto no pensará, al menos en un primer momento, en alguien arrojando algo desde un barco, sino que es capaz de, inconscientemente, procesar la situación prediscursiva y sopesar el contexto que poco a poco este discurso va formando. De la misma manera, si se dice algo así como todos estamos ya en la fiesta, nadie pensará, dicho así sin contexto, que no hay mujeres.

Por tanto, defender el lenguaje «inclusivo» afecta a la riqueza del lenguaje y además no contribuye con aquello que quienes lo emplean buscan.

Dejando de lado este tema un momento, me gustaría centrarme ahora en un asunto, parecido al anterior y comparable, pero diferente a su vez, sobre el que leí hace poco un artículo en el periódico El País. Este artículo, con el extenso titular de «Los animalistas entran al trapo lingüístico: no más frases como ‘agarrar el toro por los cuernos’», expresa los cambios que la organización Personas por el Trato Ético de los Animales (PETA) pretende realizar en el lenguaje. Esta asociación sostiene que ciertas expresiones como: matar dos pájaros de un tiro o agarrar el toro por los cuernos incitan a la aversión contra los animales.

Este ejemplo es consecuencia de lo mismo que los que están a favor del lenguaje inclusivo defienden. La gran mayoría de personas que emplean este tipo de refranes o expresiones no discriminan a los animales, incluso tienen mascotas o son amantes de ellos. La realidad construye en cierta medida el lenguaje, y este refleja gran parte de la cultura de sus hablantes, pero también posee vestigios de otras civilizaciones incluso, de las que nuestra lengua procede (en el caso del masculino genérico por ejemplo, podemos hallar su origen en el latín vulgar). Esto no quiere decir que aquellos procesos históricos que han dejado una huella en el lenguaje y que fueron caldo de cultivo para muchas de las expresiones usadas aún hoy en día, no hayan sido ya superadas o no se haya progresado en contra de algunas tradiciones arcaicas. Pero, de nuevo, lo que esa asociación pretende no es solo acabar con estos refranes, legado de generaciones pasadas, sino también cambiarlas por otras cuyo uso es «pacífico» con los animales. Esto genera cambios a veces incluso hasta en el significado de las expresiones, por no hablar de rayar lo ridículo. Esto no está ocurriendo únicamente en España; proviene del inglés, con el que se tiene cierta semejanza en estos refranes.

PETA propone cambiar matar dos pájaros de un tiro por alimentar dos pájaros con un panecillo. Estos refranes, que en su mayoría constan de un carácter figurado y metafórico de gran fuerza comunicativa, pierden su sentido cuando la curiosidad mató al gato pasa a ser la curiosidad emocionó al gato. El caso es que esta gente no piensa que todas estas expresiones son usadas siempre en actos comunicativos referidos a personas y no a animales, y que su sentido es totalmente abstraído. A agarrar el toro por los cuernos le colocan la alternativa de agarrar la flor por las espinas. Y a ser un conejillo de indias, ser un tubo de ensayo. Mucho tardan ya los defensores de las plantas en achacar al lenguaje que se cebe con las espinas de las pobres flores.

Como se puede ver, en estos tiempos de ofensa e hipócrita empatía, se empieza a afectar al lenguaje. Es innegable que el uso del lenguaje inclusivo está teniendo sus consecuencias; hay ya niñas que no se sienten incluidas en niños porque sus profesores de primaria les inculcan desde bien pronto los desdoblamientos, al igual que los medios de comunicación. Los discursos son empobrecidos por fallos de concordancia y por la inculcada artificiosidad de estos usos que están ya provocando dificultades sintácticas y confusiones que evocan en los hablantes la duda. En el diálogo de Platon de nombre Crátilo se presentan dos posturas: una en que se dice que los nombres son exactos por naturaleza y que se ajustan a la realidad, y otra en que los nombres son por convención, arbitrarios y consagrados después de un pacto otorgado por la costumbre. La etimología a veces supone el punto intermedio de estas dos posturas, pues aunque en su mayoría sean arbitrarias, las palabras deben a su origen y a los demás nombres que derivan de ellas, cierta similitud. Conociendo las palabras no se conocen las cosas, pero sin conocerlas, las cosas quedas huérfanas de una parte única de ellas mismas, la humana.

El error, dejando de lado el oportunismo cínico de aquellos que creen que el lenguaje encierra en sí, como sistema mental complejo, un defecto de la propia sociedad, se halla, desde un fondo lingüístico y consciente de la verdadera naturaleza del lenguaje, en la confusión entre lo dicho y lo comunicado de aquel que no es capaz de distinguirlos.

En un artículo publicado en el diario digital de El País el día dos de diciembre del ya pasado año, el periodista Álex Grijelmo ponía como ejemplo de esto el significante de la palabra casa, el cual encierra en su significado todos los componentes que se pueden encontrar en la casa; es decir, las ventanas, las puertas… no se mencionan en casa pero sí que son intrínsecas a su significado. Por tanto, siempre que un colectivo (el público  por ejemplo) o una institución como Congreso de los Diputados, es mencionado con, como se puede apreciar, la terminación en un plural masculino, implica ambos sexos en su significado, intrínsecos de la misma forma que las ventanas se ligan al significado de casa. Es necesario comprender que el sentido de las palabras es ulterior al significado asignado por convención; se llevan a cabo diferentes partes de un proceso pragmático, paralelas e inconscientes, que hacen entender al destinatario de un mensaje, aquello que trasciende lo lingüístico y toma del exterior, de los conocimientos compartidos y de la presunción de relevancia de la que Sperber y Wilson hablan, para generar los llamados efectos contextuales. Por ello hay que entender el lenguaje en relación con su uso, y no aislado. La aplicación correcta de este depende siempre del contexto, el cual se va formando a lo largo de las emisiones del emisor.

De igual manera que existen plurales que, aunque invariables, se refieren en ocasiones a uno solo de ellos (tal es el caso de los pluralia tantum como crisis), el masculino no es solo referente del sexo masculino, incluye también al femenino en las expresiones plurales.

Para finalizar y concluir, creo importante recalcar la falsa causalidad que los pro lenguaje «inclusivo» señalan. Hjelmslev decía que cada lengua conforma sus unidades en función de las necesidades de la comunidad determinada, de tal manera que no todas tienen las mismas ni estas se comportan de la misma manera: en otras lenguas es el femenino el que actúa como genérico, y ello no significa que la comunidad que emplee ese tipo de lenguas sea feminista. Incluso existen lenguas que carecen de género. De todas formas, nuestra lengua oblitera en algunos casos la distinción masculino-femenino: existen los epicenos, por ejemplo. Y muchos dobletes ni siquiera poseen carácter morfológico, sino léxico. El masculino, comparte la morfología con el femenino en el plural, o sea, siempre que un plural acabe en masculino (a no ser que implique ya el género de los referidos como en palabras como hombres) incluye la posibilidad de que entre ellos haya referentes femeninos y por tanto requieren de una precisión cuando se señala uno entre todos (esto se da en expresiones como el único varón de todos los ministros).

Así pues, la resolución de los problemas de desigualdades reales en nuestra sociedad no se encuentra, en ningún caso, en la gramática. Quizás algún día, cuando las teorías feministas triunfen y el lenguaje prosiga su curso inquebrantable, se liberará de él el peso injusto de la desigualdad, en él carente, que se le confiere

 

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