La Nochebuena de 1836

Era obvio que el artículo escrito por un autor pocos meses antes de su suicidio estuviera urdido bajo la sombra del más absoluto pesimismo. En La Nochebuena de 1836 los mecanismos del lenguaje periodístico renovados por Larra hacia un verbo sumamente personal e íntimo desde el que poner como estado de la cuestión las convenciones de una época y una sociedad tambaleantes, dejan entrever el sentimiento herido de un hombre enfrentado no solo a la mala fortuna, sino también al desengaño amoroso, a la reflexión política, psicológica y del propio panorama profesional de su carácter de literato.

Desde un primer momento el artículo comienza haciendo gala de un humor que, de no moverse entre la más honda negritud, misoginia y desprecio para con las clases sociales más bajas, pudiera parecer una breve tregua ante el serio tono que caracteriza la escritura. Es remarcable la constante crítica a los factores contemporáneos a su momento: la economía del Estado, la situación política… Y entre todo ello se intercalan finos pasajes de clara motivación literaria: habla, por ejemplo, metafóricamente de cómo es comparable la penosidad de la vida de uno con la condensación de las gotas de agua en una ventana que simula su llanto. Se aprecia en esos momentos una situación interna, de quien escribe, nada estable ni vitalista.

La narración sustancial del artículo comienza ciertamente en el momento en que el sujeto que habla recuerda la antigua costumbre de las Saturnales romanas en que los esclavos contaban a sus amos las verdades que guardaban durante el resto del año. De esta forma, pretende él practicar esto con su criado en la noche de ese mismo día. Tras esto, Larra reflexiona sobre las fechas que se están viviendo, sobre la hipocresía de una sociedad de consumo en auge, y va describiendo cómo se desenvuelve el panorama cotidiano de las Navidades del Madrid del XIX. El teatro en que se representan dos comedias parece ser para el periodista un claro reflejo de la bajeza social que define a la población.

Cuando, ya a punto de finalizar el día, regresa a su casa, es ahí donde comienza la situación que marcará el término vital del artículo. Su criado está borracho y, este, tal como le había pedido ese mismo día, le empieza a contar las realidades que parecían implícitas en la vida del protagonista. Se trata de un diálogo alegórico con la Verdad. El porqué del escribir, la existencia de criminales que no pagan por sus actos, la engañada búsqueda de la Felicidad en el terreno del corazón humano, las paradojas del liberalismo político y sus finas fronteras con aquello que presuntamente reniega, el escaso valor moral del dinero, la actitud lectora como refugio ante la realidad externa, el fracaso de la Filosofía…

Como voz del infierno califica este discurso de la Verdad, esta desnudez que Larra ofrece de su propia mente, de sus cavilaciones y preocupaciones más profundas.

Finalmente, la voz narradora se aleja por un momento tratando a ambos personajes en tercera persona y con la imagen, vista por el escritor, de una caja y un porvenir que puede que sea la última solución a la soledad y el desengaño: la muerte.

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