De lo esperable a lo escéptico

No es extraño encontrar en el seno de la Literatura medieval europea en pleno siglo XIII un texto de la eminente holgura doctrinal que posee los Milagros de Nuestra Señora. La introducción de la obra, de carácter alegórico, capta el mantra que tanto se repitirá por la crítica como método para entender el Corpus del Mester de clerecía: liberarse de la corteza para atender al meollo. Los veinticinco milagros consolidan claramente la unidad de tratado mariano.

Las características que definen la obra como una composición de finalidad didáctica son las mismas que ubican al yo ejemplar en el sujeto activo tanto en la introducción de los Milagros como en la del Libro de buen amor. Además esto supone el pensamiento positivo en el lector o en el oyente del texto; de esta forma puede llegar a verse capaz, no solo de asimilar las enseñanazas y aplicarlas a su existencia vital, sino también de desprenderse del mero continente para profundizar en un contenido que, como luego comentaré, aparece de una manera mucho más explícita en los Milagros de Nuestra Señora.

Los beneficios del Locus amoenus de la introducción de esta última obra son análogos a la propia identificación de la Virgen con el paisaje, la voz narradora es identificable con la conveniencia de un nosotros coetáneo a dicho siglo XIII y el cuadro dramático que conforma cada uno de los milagros muestra cierta “simetría formal”, una aparente armonía que facilita la memoria y los valores pragmáticos de la composición; es decir, los resultados que pretende lograr en el receptor del texto.

Pero en el siglo XIV la realidad, de la que puede ser tomado, como ejemplo para comentar, la obra maestra de Arcipreste de Hita, es ligera y, a la vez, contundentemente diferente. Aparte de la mayor variedad métrica y la admisión de la sinalefa por primera vez desde el Mester de juglaría, presentes en el Libro de buen amor en comparación con la obra de Berceo, también son destacables los cambios en la rima, el uso de encabalgamientos, la escasez de hipérbatos y el uso de la subordinación. Pero es evidente que el cambio del tono de la Literatura es el aspecto más importante. Arcipreste de Hita inmiscuye la sátira en su “tratado sobre el amor” de claros ecos ovidianos.

 

Personalmente, encuentro los Milagros de Nuestra Señora sita en una conciencia aún demasiado definida por la Escolástica más conservadora en que la fe pesa más que la razón; en cambio el Libro de buen amor introduce algo totalmente transgresor, mucho más cercano a la mentalidad renacentista ya arraigada en el resto del continente; desde el tono jocoso y satírico de Arcipreste de Hita se entrevé la ruptura de las concepciones horacianas. La dualidad del docere-delectare pierde su frontera, antes perfectamente delimitada, se aparta del didactismo tradicional y desconcierta al lector. La finalidad artísctica de enseñar, y construir una sociedad digna de los valores propiamente transmitidos establecida desde Platón supone, por vez primera en las letras hispánicas, el sometimiento a una ambigüedad percibible tanto en la recepción como en la misma capacidad relacional de los pasajes que componen el libro.

Desde el humor se llega a lo mundano como comenta Menéndez Pidal, porque la forma es ahora homologable a la propia sustancia temática tratada: el Amor loco es real, el Amor a Dios, la fe, es aconsejable, es mejor y forma parte de lo bueno, pero uno no anula lo otro. Todas las voces que actúan como narrador, ya sea desde un punto de vista homodiegético o heterodiegético, se encuentran ubicadas para con la intención de la forma artística por sí misma. Considero que alejarse, no del todo (como ocurre en el Libro de buen amor), del didactismo, y mostrar al receptor la decadencia lúdica de las formas del panorama tanto real como literario de la época, en el ámbito de las modas y en el de las capacidades de expresión, contribuye a incorporar al “universo literario” una nueva modalidad formal, una estética modernizada para el momento que presenta desde la propia raíz temática, crítica y tonal, un reflejo, desde el objeto medieval, de la caducidad de una época, de la expiración del propio elemento utilizado, lógicamente, desde una lucidez abrumadora que, como no es posible evitar, genera, como poco, la ambigüedad interpretativa y existencial del lector. En ello Sánchez-Albornoz, Blecua o Joset establecen sus críticas.

 

 

 

 

 

No es sorpresa alguna, por tanto, que sea más cercano al lector del siglo XXI el texto de Arcipreste de Hita. A ello contribuye la diversión que ofrece su lectura. Se trata de una modalidad más cercana, aunque sea evidente que no es lícito, sino peligroso, hacer una comparación tan cercana a la sincronía, al “arte por el arte” de principios del siglo pasado que a la concepción neoclásica o marxista de la Literatura como método propagandístico. Sin embargo lo interesante es ver que en los Milagros de Nuestra Señora la contraposición res-verba marca el camino del Mester de clerecía y concede predominio al fondo. El problema, si se lo puede llamar así, es que en el plano semántico de la obra la labor intensional queda reducida a los conceptos más elevados; aunque se traten de igual forma ejemplos de aquello que habría de evitarse para obtener la salvación, el trasfondo que sostiene el texto es continuamente el de la realidad trinitaria y de la Virgen, es decir, la divinidad es, ante todo, la Verdad que se erige como única razón para componer esa Literatura.

Pero, al inmanente utilitarismo de la obra de Berceo se contrapone la pincelada humana del Arcipestre, que en la aglutinación de conceptos transmitidos elabora todos aquellos correspondientes al Amor. Un tema que inevitablemente se mantendría como universal y que, entonces, interesa más directamente al lector moderno. Además de por ser tratado en muchas de sus facetas y posibilidades.

Por eso los Milagros versus el Libro de Buen Amor es como contraponer la visión de La Virgen de las rocas de Leonardo versus El jardín de las delicias de El Bosco; a la expresión artística meramente doctrinal y religiosa se le contrapone el discurso humano y ambivalente de una Literatura que demuestra la palabra renovadora de un porvenir inminente.

Creo que es indicio de una madurez literaria evidente el hecho de que el Libro de Buen Amor en toda su complejidad composicional: sus referencias goliardescas y ovidianas, su variedad de enxiemplos, su uso alegórico de muchos pasajes y la condensación de las posibilidades ficcionales, así como el papel de doña Urraca como figura vital en la posterior Literatura, demuestra el valor de una “obra puente” entre dos realidades diferentes con un mismo molde judeo-cristiano como definidor transversal, entre pasado y futuro.

 

Y es, ante todo, sostenible que como tales, Berceo se encuentre como representante de aquello que precisamente Arcipreste dejaba atrás; los Milagros son parte del engranaje regente de una necesidad expresiva aunada a lo litúrgico y didáctico, a la modalidad esperable en una composición medieval, mientras que el Libro de buen amor es consecuencia directa de la convulsión de una época dúctil que paulatinamente iría dejando atrás el carácter profuso de obras como la de Berceo, es, sin duda alguna, la combinación maniquea de la condición humana con la revelación inevitablemente paradójica que se muestra en el fin de la Escolástica: la razón tiende a separarse tarde o temprano de la fe y, además, la exposición positiva de los hechos, de las realidades que inmiscuyen al Amor (que son también las que para Berceo deberían ser procesadas únicamente hacia la creencia, Verdad de todas las cosas) conllevan consecuencias no tan ideales como las promulgadas por el Catolicismo, sino mucho más palpables, duales y, sobre todo, nada esperables, sino más bien cerca de la liberación de la aseveración certera, de lo escéptico.

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