Breve retrato estoico del Cid

Se aprecian en todo el Cantar de mio Cid los esquejes del pensamiento cristiano: fuente de cultura y ralentización del pensamiento filosófico en una época que abarcaría mil años. Se ve cómo, casi todavía en los albores de esta, un fruto venido de las profundidades más humanas, de la oralidad de un tiempo caracterizado por el sometimiento a la religión de todos los aspectos idiosincrásicos, se alza como voz, retrato e ideal del ciudadano, tanto en su figura pública, como en su comportamiento familiar.

Sobre este molde que deja su impronta en toda obra artística de la época es en torno al cual quiero encauzar esta breve reflexión. Se deja entrever en dicho ideal cristiano una huella de la filosofía del Helenismo, la que se inicia tras la muerte de Aristóteles: una encaminada hacia el tema ético más que al metafísico, más a la recta moralidad adaptada  a las reglas de una doctrina, que a la reflexión primigenia sobre los orígenes de todo.

Trataré los restos de la influencia estoica en la concepción de resignación vital que el estoicismo proponía, y cómo esto aparece en el Cid. Asimismo, esas marcas implícitas en las palabras de una obra artística son síntomas de un subconsciente colectivo compartido por todas las personas limitadas por las circunstancias, tanto políticas como económicas y culturales, de su época.

El Cid pierde todo lo que poseía a causa de la envidia que ciertas personas le mostraban en la Corte. Parece que sobre él se cierne un fatum trágico irrevocable. Pero el lector es consciente de la injusticia en todo momento, y ello lo insta a elevarse como un observador privilegiado que sabe tácitamente de la necesidad de un cambio en la pésima situación del protagonista. Y es ahí donde quiero comenzar a remarcar la evidente estructura estoica que presenta el planteamiento de la narración en todos sus aspectos: desde el desarrollo de los personajes hasta el tono de las peripecias y puntos de giro.  El lector, y en sus tiempos el oyente, se yergue como un representante de la Naturaleza como concepto estoico; es decir, una especie de lógos racional que hace de la realidad su semejante. El receptor de la obra puede ser entendido, pienso, como ese conocedor de toda causalidad de los problemas que le ocurren a un personaje que, por haber sido traspuesto en la Literatura, consta de esa posibilidad; es como si por el hecho de haber convertido su historia en una obra literaria, con los cambios que ello implica, se extrapolara el funcionamiento de la propia realidad a una más asequible, limitada, pero comparable con el funcionamiento de la existencia. Es una muestra de un momento, el de la parte más importante de la vida del Cid, con todos los sucesos que ejemplifican el funcionamiento determinista y para nada azaroso de lo real.            

Pese al comienzo in media res en el que se ve a un Cid cuyo sufrimiento es extremo, sus propias acciones lo van acercando a una templanza ejemplar que lo va guiando hacia la esperanza de volver a triunfar.

 

 

El signo negativo del destierro significaba quedar fuera del mundo regido por el rey. Era apartarse de los límites gobernados por un Dios que lo suponía todo. Durante toda la narración son constantes las oraciones, las súplicas y los agradecimientos a Cristo. El Cid casi no se plantea la causa de su destierro, su mentalidad está completamente embebida por la idea judeocristiana del mundo como valle de lágrimas, la vida terrenal como la celada del sufrimiento que finalizará con la llegada a un reino eterno. Esto pudiera explicar la paciente resignación que mueve al Cid. Aunque él no deja de trabajar por volver a poseer la confianza del rey que, perfectamente, es la de Dios, lo hace con la certeza de que actuar en función de un ideal entroncado hacia la integridad y el honor lo llevará por el derrotero de la justicia. Sus victorias militares oscilan entre su ideal de conquista cristiana y su método de recuperar riquezas.

Como todo acontece por necesidad, tanto en el Cristianismo como en el Estoicismo, las palabras y las cosas forman parte del universo, y hay cierta legitimidad entre las proposiciones y la lógica natural, el comportamiento del mundo. Cuando el Cid se expresa, cuando se lamenta, reza o promete a su familia que volverá para recuperarla, o miente a la pareja de judíos con que les devolverá su préstamo, el Cid actúa de la misma manera, con sus expresiones, que un juglar que recita los versos por los que se cuenta esto en el Cantar y obtiene de ellos la verosimilitud de la ficción.

Pues bien, dentro de la propia ficción, el personaje, en su realidad que es inexistente para quien lee la obra más que en su mente, en su microcosmos, guía sus palabras hacia un destino grabado ya en la lógica de la existencia. Se distingue una parte activa, que es todo ese entorno de deseos y preocupaciones del Cid, frente a una pasiva, una sustancia sin limitación cualitativa alguna, en la cual actúa el Cid y es consciente de que ha de enfrentarse a ello mediante la calma de espíritu más honda. Cuando su honra vuelve a quedar herida por los acontecimientos de Corpes, el Cid vuelve a ensalzar su figura con una actitud ejemplar. Se enfrenta siempre acorde a la legalidad de la época y con un respeto ejemplar hacia su rey. Esa imperturbabilidad del ánimo, que en ocasiones es desbordada por el carácter más humano, define al Cid y lo sitúa como el cristiano perfecto; como la mejor imagen posible del representante de una nación. El Cid acepta que para ser feliz deberá vivir de acuerdo con la Naturaleza, adopta una postura implicada con su tiempo porque comprende que en la política y las relaciones sociales uno se subordina a una ley mayor. He ahí el rasgo que lo difiere tajantemente del planteamiento epicúreo, no se aísla, actúa pero con un control por el que marca unas acciones que produce en cuanto a humano, siempre dejando la última palabra a un Dios que alaba.

La autarquía del Cid es producto de todas sus virtudes, y solamente por acontecer su vida como virtuosa es en ella misma feliz. Como conocedor de los límites de sus capacidades y de la extensión de la voluntad divina, vive en concordancia con la Naturaleza que lo rodea; su acción en ella, su lucha militar es parte de dicha voluntad; es decir, es, ante todo, voluntad de Dios. Aceptar las consecuencias que acarrea el actuar del Cid es demostrar que la naturaleza racional humana es paralela a la de la realidad toda. La representación repentina de lo que él considera conveniente es el impulso mismo de la Naturaleza y esto define el impulso de un ser racional, este siempre será enfocado hacia la autoconservación. El Cid percibe situaciones, las valora y se presenta como sujeto inevitablemente ético. Ser prudente, actuar justamente… estas cualidades se hallan dentro de la categoría del deber, dentro de todo lo que, siendo consecuente con la vida, como decía Estobeo, tiene una justificación razonable.

El problema se encuentra cuando en personajes como los infantes se va en contra del deber. Ellos actúan en base a una necesidad. La Naturaleza es también completada con su maldad y su actitud forma parte de la exigencia lógica. Las pasiones desvían el alma. Por eso los estoicos las inhiben. Aun así, aunque con ello se asegure la racionalidad, la del Cid frente a sus enemigos, el comportamiento de estos no es ajeno a la ley de la Naturaleza. Como todo surge de la representación de lo deseado, como bien se ve en el empuje que supone su familia para el Cid, todo se representa en función de la Naturaleza, que incluye las acciones en la condena a la misma y de ahí se extrae la paradoja estoica, que es la del humano, la misma que se extrae de un texto artístico: el hecho de que aquello que no está conforme a la Naturaleza, se presente afín a ella. Por ello lo abstracto acaba pereciendo, y la práctica, la que se figura en las acciones literarias, puede que sea la única que encierre la Verdad, por inalcanzable que sea.

Pero la vida del Cid es, ante todo, coherente en su ideal cristiano: vive en el modo preferible del que hablaba Zenón; aquel regido de acuerdo a una sola norma. Y eso lo hace, entre muchas otras cosas, estoico.

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